por Rafael Echeverría y
Alicia Pizarro
El coaching ontológico empresarial es una práctica
emergente, un nuevo oficio que surge del reconocimiento de las insuficiencias
que exhibe el rol del directivo en las organizaciones para poder responder
adecuadamente a los desafíos que enfrenta. El directivo debe expandir la
capacidad de desempeño de su gente y conferirles mayores espacios de autonomía
para que logren comportamientos en los que muestren lo mejor de sí
mismos.
Nuestras acciones determinan nuestros
resultados. Toda modificación de nuestras acciones que conduce a un
mejoramiento de nuestros resultados, la llamamos aprendizaje.
Llamamos aprendizaje de primer orden, es aquella modalidad de aprendizaje que
busca expandir nuestra capacidad de acción, manteniendo
constante el tipo de observador que somos. Una segunda modalidad de aprendizaje
que llamamos aprendizaje de segundo orden. En este caso, en vez de intervenir
buscando una modificación directa en nuestra capacidad de
acción, nos concentramos en transformar el tipo de observador que
somos.
Decimos que esta segunda modalidad de aprendizaje es una intervención
ontológica. Con este término sólo queremos decir que en ella se compromete y
transforma nuestra forma particular de ser. En la medida que entendemos el
aprendizaje como la expansión de nuestra capacidad de acción efectiva,
reconocemos también que el aprendizaje es una de las estrategias
más
importantes en la creación de quienes somos.
El coaching
ontológico no es un proceso terapéutico, sino un proceso de
aprendizaje. Optar por el coaching no significa suponer que algo anda
mal conmigo, sino simplemente reconocer que hay cosas que no sé. En el coaching,
si bien el rol del coach es activo, al final de cuentas quién conduce el proceso
es el coachado - la validación del coaching la proporciona el coachado.
El coaching se funda en el principio de la autonomía de coachado. Es él
quién decide, quién opta, quién en último término
resuelve.
Normalmente hacemos una petición de coaching
porque tenemos un quiebre. Algo no está funcionando en nuestra
vida, en nuestro trabajo, y no sabemos cómo hacernos cargo de ello. El
observador que somos no es suficientemente competente para mostrarnos lo que
debemos hacer. Es el coachado quien convierte a alguien en coach al darle a esa
persona el permiso para involucrarse en una interacción con él en la cual está
dispuesto a exponerse
como persona.
El rol del coach es
conferido por el coachado sobre la base de la confianza.
La
confianza puede ser vista tanto desde el dominio de la emocionalidad del
coachado -- y, por lo tanto, como una emoción que lo acompaña --, como desde el
dominio de los juicios que éste hace sobre el coach muy particularmente el
juicio de que el coach no tiene otra agenda que la de servir al coachado en la
resolución de su quiebre. No es posible hacer coaching sin el permiso del
coachado. Pero este permiso se desplaza según oscilen la confianza y la
autoridad hacia el coach.
La declaración de quiebre implica
sostener que algo no funciona, que algo
anda mal, que hay cosas que no nos
gustan y que quisiéramos que fueran
diferentes y tenemos que tener,
simultáneamente, el juicio de que no sabemos cómo hacernos cargo de
ello.
El observador que somos no es
suficientemente competente para mostrarnos lo que debemos hacer. Sólo existen
quiebres -- solemos también llamarlos problemas -- para un observador
determinado. Los llamamos quiebres y no problemas al menos por dos razones En
primer lugar porque ellos marcan una interrupción en el fluir de nuestra vida.
En segundo lugar, es el observador que somos el que declara que algo es un
quiebre. El quiebre revela al observador. La misma experiencia puede
constituir un quiebre para alguien y no serlo para otra persona. O puede ser un
quiebre bajo ciertas circunstancias y no serlo bajo otras. Por lo
tanto, podemos decir que todo quiebre es una apertura al alma de la persona que
lo declara como tal.
La forma de ser de una entidad remite a su
comportamiento, el segundo principio de la ontología del lenguaje: la
acción genera ser. Podemos explicar el comportamiento de una
determinada entidad por referencia a su estructura, como también podemos hacerlo
por referencia a su historia.
Es necesario examinar la importancia de la
estructura de relaciones dentro del sistema (o los sistemas) a los que
pertenecen las personas, sistemas de los que ellas son miembros o componentes.
Los seres humanos, nos dice Buber, somos seres dialógicos.
Somos de acuerdo al tipo de relaciones, de conversaciones y diálogos,
que mantenemos con otros. Una regla fundamental que debe considerarse
aquí es que un sistema sólo puede realizar lo que su estructura le permite.
Observando a los seres humanos, Maturana postuló que, como seres biológicos,
sólo pueden hacer lo que su estructura biológica les permite.
Decimos que
un sistema es plástico cuando puede cambiar y su estructura es capaz de
conservar el cambio. Al hablar de la plasticidad de la persona estamos
sosteniendo, en otras palabras, que ella puede aprender. Llegamos nuevamente a
esa bella circularidad que caracteriza a la persona: actuamos de acuerdo a cómo
somos (estructura actual), pero esas mismas acciones nos permiten convertirnos
en alguien diferente (nueva estructura). El coaching ontológico es
posible debido a la plasticidad de la persona.
Mientras mejor
conozcamos nuestra estructura, tanto mejor podremos usar nuestra libertad para
transformarnos. Es responsabilidad del coach cuidar las expectativas de
transformación del coachado de manera de mantenerlas dentro de los márgenes de
lo que es posible. Consideramos que la ontología del lenguaje está
basada en una comprensión extremadamente poderosa de las posibilidades humanas y
tiene un amplio margen de intervención, pero no puede ir más allá de sus propios
límites. No puede lograrlo todo. Cada persona tiene límites
estructurales para su transformación.
Para explicar el
comportamiento debemos recurrir a la estructura. Pero para explicar la
estructura necesitamos la historia. La regla fundamental es la siguiente:
la estructura de un sistema es el resultado de su historia.
La historia, por otro lado, no la podemos cambiar. Podemos
reinterpretarla,
pero los hechos y experiencias que se registraron
en el pasado estarán allí inamoviblemente hagamos lo que hagamos. La estructura,
sin embargo, si podemos cambiarla y al hacerlo estamos interviniendo en el
presente para construir la historia del futuro. Los seres humanos somos seres
históricos.
Somos el producto de nuestra historia. Pero también somos
los constructores de nuestra historia.
Los seres humanos
actuamos desde la historia (siempre mediados por nuestra estructura presente),
pero también actuamos desde fuera de ella: desde una visión del futuro que es
distinta a la del pasado. Tenemos la capacidad de sepultar nuestros pasados. A
ese lugar fuera de la historia, lo llamamos la
nada. A partir de la nada,
rompemos viejos patrones de comportamiento, creamos e innovamos, asumimos nuevos
riesgos, improvisamos y participamos en nuevos juegos. La historia siempre
aporta pesadez a nuestro ser, la nada lo hace más liviano. Un buen coach
ontológico sabe jugar con ambos y está siempre aportando una cuota de levedad en
el coaching. En la levedad del ser reside nuestro mayor poder para
superarnos y transformarnos.
El coaching ontológico opera con la
estructura del observador como sustento de nuestro comportamiento y forma de
ser. El observador que somos remite a tres dominios primarios, tres áreas de
observación separables: la corporalidad, la emocionalidad y el lenguaje. No se
trata de tres dominios completamente aislados y autónomos. Lo que acontezca al
nivel de la corporalidad arrastra la emocionalidad y el lenguaje. Lo que sucede
en la emocionalidad, se expresa en nuestras posturas corporales y en el tipo de
cuentos que nos contamos. Lo que nos decimos a nosotros mismos y le decimos a
otros, asimismo lo que escuchamos, impacta nuestro cuerpo y
emocionalidad.
Corporalidad, emocionalidad y lenguaje tienden a ser
coherentes.
Esta tendencia a la coherencia de los tres dominios
primarios, nos permite hablar de la particular estructura de coherencia del
observador que somos. La práctica del coaching ontológico se dirige a detectar
(en rigor, a interpretar) la particular estructura de coherencia del coachado y
a intervenir en ella con el objetivo de modificarla. Ese es uno de sus objetivos
operativos centrales: identificar y transformar la estructura de coherencia del
coachado para que éste, en función de sus inquietudes, pueda observar aquello
que le lleva a generar los resultados que rechaza y a tomar las acciones
pertinentes para producir resultados diferentes y favorables.
Cuando una
persona declara un quiebre y solicita coaching, ello hace perfectamente sentido
en términos de la estructura de coherencia que caracteriza al coachado. Una vez
que interpretamos su estructura de coherencia, entendemos por qué él tiene el
quiebre que declara y por qué no es capaz de hacerse cargo por si mismo de ese
quiebre. El quiebre es una grieta en la estructura de coherencia del
coachado.
Podemos decir que el coach no se encuentra, en la
persona del coachado, con una sola persona, sino con dos: la persona que el
coachado ha sido y sigue siendo, y la persona que el coachado quisiera ser y
todavía no es.
Resumen de Documentos Sobre El Carácter del Coaching
Ontológico
Autores: Rafael Echeverría y Alicia Pizarro
Newfield
Consulting
Consolidado Por: Ulises Silva Méndez
Enviado por Rafael
Echeverría y Alicia Pizarro
Contactar: www.coachingempresarial.com
Este es un fragmento del artículo
publicado en : www.ilustrados.com
Se publica en esta web a los
efectos educativos.

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